domingo, 25 de septiembre de 2016

Queremos tanto a Glenda. Fragmento.


"Tampoco entonces se dijeron palabras claras, no nos eran necesarias. Sólo contaba la felicidad de Glenda en cada uno de nosotros, y esa felicidad sólo podía venir de la perfección. De golpe los errores, las carencias se nos volvieron insoportables; no podíamos aceptar que Nunca se sabe por qué terminara así, o que El fuego de la nieve incluyera la infame secuencia de la partida de poker (en la que Glenda no actuaba pero que de alguna manera la manchaba como un vómito, ese gesto de Nancy Phillips y la llegada inadmisible del hijo arrepentido). Como casi siempre, a Irazusta le tocó definir por lo claro la misión que nos esperaba, y esa noche volvimos a nuestras casas como aplastados por la responsabilidad que acabábamos de reconocer y asumir, y a la vez
entreviendo la felicidad de un futuro sin tacha, de Glenda sin torpezas ni traiciones".
Fragmento del Cuento "Queremos tanto a Glenda" (del libro que lleva el mismo nombre).

Voz de María.



— Véalo tan alto,
tan solo y desnudo,
véalo por fin
el señor del mundo.
Míreme tan baja,
tan sola y callada,
soportando a penas
todas estas cargas.
Estas gentes creen
que conozco a mi hijo.
Como un cofre guardo
algo apenas mío.
Lo abren y lo cierran
sin decirme nada,
van poniendo lino
de amor y alabanza.
Soy solo María
pero no comprenden
que un suplicio ajeno
me nimba la frente.
No sé por qué vine
ni si fui elegida.
Todo estaba escrito
para mí, María.
Sufro sin embargo
mirando a lo alto.
Una sangre mía
salpica mi manto.
No sé por qué muere,
pero tiene sed.
Tal vez es lo único
que de veras sé.

De "Le ragioni della collera"
Julio Cortázar.

62 Modelo para armar ( Fragmento )

Resultado de imagen para imagenes de 62 modelo para armar

"Suponiendo que el que cuenta contara a su manera, es
decir que ya mucho estuviera tácitamente contado para los de la
zona (Tell, que todo lo comprende sin palabras, Hélène, a quien
nada le importa cuando te importa a ti), o que de unas hojas de
papel, de un disco fonográfico, una cinta magnetofónica, un libro,
un vientre de muñeca salieran pedazos de algo que ya no sería lo
que están esperando que empieces a contar, suponiendo que lo
contado no tuviera el menor interés para Calac o Austin y en
cambio atrajera desesperadamente a Marrast o a Nicole, sobre todo
a Nicole que te ama sin esperanza, suponiendo que empezaras a
murmurar un largo poema donde se habla de la Ciudad que
también ellos conocen y temen y a veces recorren, si al mismo
tiempo o como una sustitución te fueras sacando la corbata y te
inclinaras para ofrecerla, previamente arrollada con mucho
cuidado, a Polanco que la contempla estupefacto y termina por
pasársela a Calac que no quiere aceptarla y consulta
escandalizado a Tell que aprovecha para hacerle trampa en el
poker y ganarle el pozo; suponiendo absurdos así, que en la zona
y en ese momento pudieran ocurrir cosas semejantes, habría que
preguntarse si tiene sentido el que estén ahí esperando que empieces a contar, que en todo caso alguien empiece a contar, y si
el buñuelo de banana en que está pensando Feuille Morte no
reemplazaría harto mejor esa vaga expectativa de los que te rodean
en la zona, indiferentes y obstinados a la vez, exigentes y burlones
como tú mismo con ellos cuando te toca a ti escucharlos o verlos
vivir sabiendo que todo eso viene de otra parte o se va quién sabe
adonde, y que por eso mismo es lo que cuenta para casi todos
ellos."

viernes, 23 de septiembre de 2016

El Río.

El Río

    Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.
    Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.

Cuento de " Final de Juego" . Julio Cortázar.